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La grandeza de ‘El Padrino’ encerrada en un mechero

Se ha escrito tanto de El Padrino (Coppola, 1972) que, a estas alturas del partido y la vida, resulta imposible apurar nada original. Nada nuevo. Solo se puede recordar lo ya dicho, rastrillando la nostalgia de la maestría. Uno puede, por ejemplo, ensalzar la majestuosidad de la apertura, con ese bodorrio donde lo etnográfico le da la mano a lo político y lo familiar a lo moral: baile y poder, acento italiano y dinero sucio, Michael en uniforme y Don Vito acariciando un gato.

«Bonasera, Bonasera… ¿Qué he hecho para que me trates con tan poco respeto? Si hubieras mantenido mi amistad, los que maltrataron a tu hija lo habrían pagado con creces. Porque cuando uno de mis amigos se crea enemigos yo los convierto en mis enemigos. Y a ese le temen».

Los parlamentos célebres que tanto cinéfilo puede recitar de memoria resuenan como los acordes de Nino Rota. Porque El Padrino no es solo una película; es un acontecimiento. Un mito. Unos preferirán evocarlo mediante ese siniestro amanecer con la cabeza del caballo, mientras que otros apostarán por el pérfido montaje alterno con el que Michael ajusta cuentas en el cierre. Los de más allá resaltarán el espectacular cambio físico y vocal de Brando y los de más acá se quedarán con la improvisación de Clemenza: «Deja el arma, toma los cannoli».

Esa potencia visual es la que catapulta la película de Coppola por encima del material literario. La novela de Mario Puzo fue un bestseller desde que se publicó, en 1969. Un libro correcto, entretenido y ambicioso se convirtió en un coloso cinematográfico. La magia artesanal que discurre de la página impresa a la pantalla grande.

Son tantos y tan fecundos los momentos memorables, que lo que nos queda es regresar al metraje y escoger una escena para depurarla. Escrutar los detalles hasta exprimirles todo el jugo de cine. Ahí un detalle que sintetiza la naturaleza de Michael Corleone. Sí, no es un secreto que él es el verdadero protagonista de la película, a pesar ejercer como secundario. La continuidad de la saga lo ratifica. Pues, bien, cuando Vito Corleone está en el hospital, tras ser acribillado en el mercado, el personaje interpretado por Al Pacino nota que algo huele mal; esa calma antes de la balacera. Que quieran cargarse al patriarca va de suyo en una película de gángsters; lo inédito es que las defensas de la familia Corleone anden mermadas («nada personal, son solo negocios»). Ahí es cuando Michael demuestra un aplomo congénito. Él, que tanto le insistía a Kay con la murga de ser diferente a su estridente famiglia. Cuando llega el momento de la verdad y se encuentra entre la espada y la pared, Michael blande la espada.

Los encargados de custodiar el hospital han desaparecido. La trama se tensa. Michael solo encuentra un aliado para repeler el ataque: Enzo, un pastelero leal a la familia. Tras mover a su padre a otra habitación, Michael y Enzo se apuestan en la puerta, para simular que todo está bajo control cuando aparezcan los sicarios mandados por Sollozzo. El pequeño de los Corleone le sube los cuellos del abrigo a Enzo y le conmina: «Métete la mano en el bolsillo, como si tuvieras un arma». La melodía provoca una tensión insana. Un coche merodea por la puerta, se detiene y, cuando atisba a los dos supuestos guardas de la familia Corleone, se marcha.

Y aquí llega el momento clave, un detalle de puesta en escena que revela muchísimo. Enzo y Michael respiran. El pastelero, aunque bravo y agradecido, saca un pitillo para rebajar la ansiedad que casi le hace estallar por dentro. Sus manos pelean con el paquete como si fuera un enfermo de párkinson. Tiembla tanto que no puede accionar el mechero. Michael se lo coge con calma. Le enciende el cigarro sin pestañear, tranquilo como una balsa de aceite. Durante dos segundos, Coppola nos enfoca a Michael mirándose las manos, sorprendido de que su ritmo cardíaco no haya subido ni media pulsación. Ahí se condensa la tragedia de Michael: es un Corleone, lo lleva en la sangre. No puede escapar de su propia naturaleza. Porque, cuando lo logra, ya es demasiado tarde.

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