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La edad dorada del cómic y los escapistas del yo

En la página 399 de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay se desvela el truco: «Fue en aquellos momentos cuando empezó a entender, después de tantos años de estudio y actuaciones, de hazañas, maravillas y sorpresas, la naturaleza de la magia. El mago parecía prometer que algo hecho pedazos podría dejarse como nuevo, que lo que había desaparecido podía volver a aparecer (…). Pero todo el mundo sabía que no era más que una ilusión. La verdadera magia de aquel mundo roto estaba en el talento para desaparecer de las cosas que contenía, para perderse de una forma tan completa como si nunca hubiera existido».

Ay, un mundo roto. Pero, también, un yo partido. Porque la obsesión de Joe Kavalier con el escapismo no viene tanto del mítico Harry Houdini sino de sus demonios: escapar de la bota de los nazis, huir de su propia mezquindad, ahogar su culpa corriendo hasta los helados confines del mundo. Por su parte, Sammy Klaymann, su primo, se ha convertido en un experto del disfraz: no por su portentosa energía para idear tramas de novelas gráficas, sino por ser un tipo que durante años ha escondido su verdadera identidad sexual.

Estas pinceladas narrativas de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay sirven calibrar su incesante doble lectura. Tras una corteza que a ratos se engalana como novela de aventuras y a ratos como excitante recreación histórica del Nueva York de los años 30 y 40, la novela de Michael Chabon —premio Pulitzer 2001— propone una estructura superheroica, es decir, una doble vida. Todo en ella tiene una vuelta de rezón donde la literalidad y la metáfora se mezclan una y otra vez.

En síntesis, la trama de Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay narra la epopeya de un judío checoslovaco, apasionado de la magia, que emigra a Brooklyn, donde se instala a vivir con su primo en los albores de la II Guerra Mundial. Allí, en la tierra de las oportunidades, en plena ebullición creativa del cómic (Superman y Batman nacieron entonces), Kavalier y Clay conciben un superhéroe que le zurra la badana a Hitler en sus viñetas. La historia discurre durante quince años en los que Chabon rememora con virtuosismo una Nueva York antigua, vibrante, donde la bohemia creativa se da la mano con los rascacielos donde se urden negocios editoriales, donde los espectáculos de ilusionismo sufren amenazas terroristas supremacistas y donde la tragedia de Europa respira en las esquinas, los puertos y los cielos estadounidenses.

Al igual que ocurre en el noveno arte, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay enriquece sus matices en los espacios que discurren entre las viñetas. Ahí implosionan las elipsis y adquiere espesor la sugerencia. El Escapista del cómic inventado por la pareja de primos dibuja paralelismos con tipos que andan toda la vida huyendo de los misterios del hombre. Las dobles vidas de tanto superhéroe que pulula referenciado en estas páginas conforma un espejo para la cara oculta de Sam y Clay. Y así con tantos elementos que permiten amplificar el alcance de la trama para conducir la historia por los derroteros del comentario social y el destripe psicológico en sus más de 730 páginas.

Ahí, en la extensión, es donde Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay derrapa. Con un potente relato que parte de Praga y vuela incluso por la Antártida, donde asoman desde mitos del folklore judío como El Golem hasta artistas como Orson Welles, en una historia donde lo mismo se rememora la caza de brujas y el pánico moral de los cincuenta que se lamenta la última brutalidad nazi contra un barco de niños refugiados… En esa peripecia narrativa tan congestionada —auténtico equilibrismo narrativo—, sorprende cómo el último cuarto del libro sufre una parada en seco que le resta nervio, dilatando un viaje interior que los personajes ya parecen haber culminado.

Aun así, la novela de Chabon —quien lleva años intentando adaptarla a la pequeña pantalla— permite un refrescante acercamiento plástico e ideológico a la edad dorada del cómic, a los claroscuros de la creación artística y a las obsesiones con las que todos emborronamos nuestras almas, el peso y el remordimiento que esas decisiones conllevan. Porque al final, como advierte un viejo mentor de Joe Kavalier, los dilemas existenciales del hombre siempre se repiten, aunque cueste dominarlos: «Olvídate de aquello de lo que estás escapando; reserva tu ansiedad para aquello hacia lo que estás escapando». El problema, como ausculta esta fascinante narración, es cuando uno ansía escapar de sí mismo.

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