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Huxley frente a Orwell

El otro dia, en el World Economic Forum (que no sé qué es, pero intuyo que a mí no me van a invitar) un señor trajecorbateado abogaba por controlarnos a todos con mecanismos que pudieran medir nuestra personal huella de carbono. Comentaba la noticia Miguel Ángel Quintana Paz de esta manera: «En el debate sobre si quieren dominarnos al estilo Huxley o al estilo Orwell, hoy se lleva un minipunto Orwell». En un artículo aclarará después que, de todas formas, la dominación se ejerce de ambos modos, con palo y con zanahoria.

¿Sería, pues, Huxley el profeta de la Gran Zanahoria, y Orwell del Gran Palo? A grandes rasgos, diríamos que sí. Donde en Un mundo feliz la zanahoria es el «soma», esa droga que narcotiza y proporciona felicidad anímica –al modo del Matrix de los/las Wachowski– en 1984 el palo es el mecanismo de control en tiempo real, con amenaza implícita, que evita la discrepancia. Aunque esta distinción, como veremos, no es absoluta.

La palahoria

En realidad, en Huxley hay zanahoria también. El propio palo ya lo es para gran parte de la población. El ser humano participa –a Dios gracias– de la naturaleza de los perros, y ya sabemos que un perro sometido es un perro feliz. Hay cierta felicidad, cierto gustito, una respuesta neuronal que segrega endorfinas, en el hecho de someter nuestra voluntad a una voluntad superior (ideal, líder religioso, gurú, influencer).

Los seguidores de ciertas sectas o partidos políticos conocen esta experiencia, se aferran a ella, y además con razón. Todos conocemos esta experiencia, que es muy gratificante: cuando éramos niños, salvo casos desgraciados, chapoteábamos en una laguna cálida y tranquila de ausencia de miedo, porque descansábamos en la voluntad de nuestros padres.

Así, el modo en que se cae en esta entrega del propio criterio es de lo más natural, es un regreso al origen, impulsados por el anhelo de seguridad y acogimiento, de casa común y eliminación de toda duda. De abrazo enorme en que dormir tranquilos. Por eso, un Hermano Mayor («Gran Hermano» es una mala traducción de «Big Brother») es algo que nuestra psicología en lo más profundo agradece, por más que conscientemente clamemos en contra de la censura y a favor de las libertades políticas.

He ahí el motivo del éxito de semejantes dinámicas de control, el continuo tira y afloja entre libertad y seguridad, entre entrega del yo a la autoridad y la autonomía personal. Por esto, la obra de Huxley contiene esa cualidad de los clásicos, porque el principio sobre el que se desarrolla su narración (irónica, con humor negro, exagerada, pero certera) descansa sobre algo universal en el ser humano. Todos, si nos descuidamos, si no estamos vigilantes, recibimos con mansedumbre el palo, porque en lo más hondo lo vivimos como zanahoria. La palahoria, si me permiten.

Otra pasión humana ayuda a este proceso, y es la pereza. Todos hemos conocido presidentes de comunidad de vecinos que hacen disparates, o son unos pelmas. Pero siguen en el puesto porque las personas normales tenemos cosas que hacer y, «al menos, éste se encarga». Delegamos, miramos para otro lado, y aquellos que viven para someter se aprovechan de nuestra indolencia. La sola pereza, si no se contrarresta con nada, puede llevarnos a lo que Hilarie Belloc llamó El estado servil.

El soma-timiento

No obstante, aunque conviene estar alerta ante el fenómeno que acabamos de comentar, nuestro campo de batalla está hoy día más en el terreno de Orwell. Al menos en nuestra pequeña porción del mundo. Si vivimos en Cuba, en Corea del Norte, en China, en Pakistán, incluso ¡en Canadá! (como comenta Quintana), podemos hablar del palo de Huxley con toda propiedad. Pero a la pequeña parte del planeta que no pasa hambre, cuya mayor duda existencial es qué me pongo en Netflix, lo que la amenaza es la zanahoria de Orwell, pura y dura. Nunca peor dicho, porque es blanda. Como los cojines de Ikea sobre los que vemos en HBO series de suspense, o pedimos sushi por JustEat, o nos adormilamos frente a programas de la pringosa tele rosa. Blanda como nuestra laxa moral a la que, mientras la barriga esté llena, le importa un bledo si nos recortan o no libertades por decreto, o legislan de tapadillo auténticas aberraciones.

La zanahoria es el narcótico de la hiperconexión, el carrusel interminable de TikTok o los reels de Instagram, los comentarios de compañeros del colegio en Facebook, la aventura fugaz de nadería en Tinder, el último teaser (todo es in English) de lo último de Marvel. Ruido, música, luces, acción. Lo que sea para evitar lo más peligroso que hay para el tirano: un hombre solo, en silencio, en una habitación. Alguien leyendo un libro, y levantando de vez en cuando la cabeza para meditar lo que acaba de leer. Alguien que no acude de inmediato –como el perro al silbido– a las notificaciones del móvil, para quitarse la ansiedad de ignorar si ha ocurrido algo en los últimos treinta segundos.

La zanahoria nos la hemos tragado pero hasta al fondo. El soma le sale gratis al Big Brother (sí, estoy mezclando libros, porque de eso se trata aquí), nos lo metemos en vena cada día desde que amanece y lo primero que miramos es la pantallita. Nos han puesto la correa, y la hemos pagado a plazos: el último iPhone y la conexión a internet.

Memento Mori

Algo he exagerado en el párrafo anterior, claro. No demonizo la tecnología: usted está leyendo este genial artículo en su móvil, probablemente tras darle a un enlace que ha visto en Twitter. Mi tesis es que hay que estar alerta, que hay que vivir despiertos («Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…»). Huxley y Orwell lo advierten de manera magistral al modo en que lo hace el Arte, es decir –como dice Chesterton–: exagerando.

Volvamos a los clásicos: no hay nada más vitalista que recordar que hemos de morir. ¿Esa media hora mirando memes merece la pena? ¿Podría haber llamado a mi abuela, que no va a durar siempre? Es un topicazo, lo sé, pero sigamos. ¿Me creo lo que dice el titular de tal medio, sin leerme la noticia siquiera?

La zanahoria está muy bien hecha, nos ofrecen por doquier todo lo que nos gusta. El algoritmo de mi móvil lo tiene claro: chicas guapas tocando heavy metal en la guitarra eléctrica, perritos, vídeos de la serie Friends, banjos, Iron Maiden. Cuando entro en «el bucle» ya no hay salida, me puede atrapar durante horas. Y al terminar me doy cuenta de que estoy cansado sin haber vivido, triste sin porqué, con el dormitorio sin recoger y sin tiempo ya para aquello que tenía que leer, o escribir, o tocar en la guitarra, para hablar con mi amigo, o dar un paseo al atardecer.

Parezco un viejo diciendo estas cosas. Pero escuchadme: soy el fantasma de las navidades que no habéis disfrutado porque estabais mirando el móvil (seguramente, compartiendo GIFs de felicitación). Orwell y Huxley no hablaron del futuro, hablaron del hombre tal y como es, de lo universal. De la búsqueda del placer inmediato, del miedo a salirnos del rebaño y que nos castiguen o excluyan. Más que fabricar utopías, hablan de lo esencial, que no caduca. Cuidémonos de las zanahorias envenenadas, más aún que de los palos de terciopelo.

¿Huxley vs. Orwell? Solución: ambos, por supuesto. Y hasta aquí mi admonición moral. (Volveremos a hablar de Literatura en próximas entregas).

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