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El cine hecho conversación

Quizá muchos no lo sabíamos pero Alfred Hitchcock no fue siempre Alfred Hitchcock. Quiero decir que Alfred Hitchcock, ese hombre, padre del cine, que hoy conocemos, al que todos referencian, imitan y homenajean, el enemigo de las rubias, como se suele decir, no tuvo siempre la consideración de Alfred Hitchcock. Sí, Alfred Hitchcock, ese director de culto, respetado y admirado por sus compañeros de profesión, por los cineastas de hoy, era examinado entonces, en Estados Unidos y Europa, bajo la sombra de su éxito, su riqueza y su celebridad. El trabajo del maestro del suspense fue objeto de un examen lleno de condescendencia por una crítica que denigraba cada una de sus películas, una tras otra. Pero François Truffaut, que de esto del cine sabía bastante, ideó el proyecto «El cine según Hitchcock» para devolver o, mejor dicho, dar al César lo que es del César.

Todo empezó, si no estoy confundido, en 1962. François Truffaut, que era un joven crítico y cineasta de eso que se llamó la Nouvelle Vague, se puso en contacto con el maestro británico para solicitarle una entrevista. Y yo supongo que Truffaut se sintió un poco pequeño, como todos, cuando se envía una carta, un correo electrónico, o se hace una llamada, esa sensación que se tiene cuando el admirador se dirige al admirado. Lo importante es que en aquellas líneas el francés le sugería a la estrella una entrevista en profundidad para que, en las propias palabras de Truffaut, «todos comprendan por fin que usted es el mejor director del mundo». No quiero ni imaginarme la emoción que tuvo que sentir con la respuesta afirmativa. La entrevista se iba a hacer. Las conversaciones sucederían y, el libro, finalmente, vio la luz. Un libro que para el director de Los 400 golpes fue una parte fundamental de su obra. Un proyecto tan importante como una de sus películas y al que le dedicó el mismo tiempo, mimo y empeño, la misma preparación. Así salió, claro.

«El cine según Hitchcock» es un libro-entrevista nacido de una pasión contagiosa por el cine tan vigorosa como la obra de los dos directores que lo fraguaron. Porque lo de la cinefilia es contagioso, y cuando alguien les habla con pasión de algo es casi imposible mantenerse impasible. Y ya, si quienes hablan sobre lo que más les gusta son dos grandísimos del cine, dos gigantes con todo el peso de la historia en sus respectivas mochilas, lo que tenemos entre manos ya no es una obra fundamental sobre el cine en sí mismo, sino sobre las cosas en general. Un manual sobre el que el lector tiene que poner toda su atención, con vista, oído, tacto, olfato y gusto. Una biblia de lo que es hacer arte, sobre cómo el gusto —el buen gusto— y lo sencillo es muchas veces la clave para hacer las cosas bien. Un vademécum sobre como pensaba ese hombre de cuya imaginación han salido muchas de las escenas más bonitas que hayamos visto los enamorados del cine, de cuya cabeza han salido algunas frases de guion que seguimos repitiendo y citando porque las tenemos más frescas que la tabla del uno. En fin, que cualquiera que quiera saber un poco de qué va eso del cine, tiene que leer, al menos unos capítulos. Y créanme que yo no frecuento mucho ese concepto de libros que se han de leer.

Un recorrido por el cine

Pero es que si no leemos «El cine según Hitchcock» nos estamos perdiendo todas esas historias de cine sobre el cine, valga la redundancia. Anécdotas sobre cómo se manufacturó el famosísimo beso entre Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados y lo incómodos que estaban ambos, o cómo para poner a Claude Rains a la altura —física— de Bergman se necesitaban unas calzas. Tampoco sabríamos que ese guiño hitchconianode aparecer como figurante en sus películas se debía, en inicio, a una razón estrictamente utilitaria, pues por el escaso presupuesto de sus primeras películas «había que amueblar la pantalla» y, más tarde, se convirtió en algo embarazoso que suponía que «para permitir que la gente vea el fil con tranquilidad, tengo que cuidado de mostrarme ostensiblemente durante los primeros cinco minutos». Si no leemos «El cine según Hitchcock» nos estamos perdiendo un minucioso repaso de toda la filmografía del británico, película a película. Un recorrido que atraviesa desde el vaso de leche en Sospecha a la negra humareda del tren en el que viaja ese seductor Joseph Cotten en La sombra de una duda. Desde las sospechas que levantó en la CIA al incluir el tráfico de uranio como MacGuffin en el guion de Encadenados  hasta la diferencia entre suspense y sorpresa —y su versión romántica del beso por sorpresa y del suspense de un beso—. La muy respetable condición de mirón de James Stewart en La ventana indiscreta, la importancia de hacer buena hucha en los estrenos, las estrellas, las luces, las cámaras, la acción.

Dice Truffaut en este hitchbook, que «Si tantos cineastas, desde los más dotados hasta los más mediocres, observan atentamente los films de Hitchcock, es porque reconocen en ellos la existencia de un hombre y de una carrera asombrosos, de una obra que examinan con admiración o con envidia, con celos o con provecho, pero siempre con pasión». Y perdón por la insistencia pero es que creo que, justamente, esa pasión es, también, la clave del libro. Si no leemos o releemos, o re-releemos, con los re- prefijo que hagan falta, «El cine según Hitchcock» nos estamos perdiendo uno de esos pocos libros hecho por dos hombres que vivían por y para el cine. Libro que, quizá, junto con «Conversaciones de Billy Wilder», de Cameron Crowe; «Mis estrellas de Hollywood», de Peter Bogdanovich y «Entrevistas con directores de cine», de Andrew Sarris, sean los tres libros que metería en la mochila para llevarme a una isla desierta en la que no vaya a tener ni plataforma de streaming, ni posibilidad de ver películas, ni otra oportunidad de relacionarme con el cine. Aunque claro, esto de las elecciones es tan cambiante como la vida misma. En definitiva, y por no agotar su paciencia, decreto que quien no lea «El cine según Hitchcock» en este tiempo en el que cualquiera habla sobre cine—para muestra el botón que les escribe— no debería tener perdón de Dios. Por eso, por todo lo dicho, por todo lo no dicho y por todas las cosas que no sé decirles sólo me queda prescribirles, recetarles, si es que no lo he hecho ya, que se hagan con la obra maestra y la lean, la relean, la re-relean, y así hasta el final. La nombro, con su permiso, una vez más, por si han sido pocas veces: «El cine según Hitchcock». El Cine hecho conversación. Y con mayúscula, como debe ser. Así que a ello.

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