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Cornell Woolrich, el patio trasero de la literatura

Hay autores que son como un cañón de luz que entra en una catedral majestuosa. Es el caso de C.S.Lewis, o de Álvaro Cunqueiro. Otros, como Kafka, son túneles oscuros con una luz al final. Otros, como el Kipling de Kim, o Stevenson, son una playa con sol blanco cegador, donde casi perdemos la memoria, entrecerrando los ojos de pura felicidad animal. Otros son una noche de tempestad con relámpagos, como Dostoievski. Otros, una placita al fresco de una tarde de abril, a la hora del chocolate con churros, como Gabriel Miró o como –en el otro extremo estilístico– Josep Pla. Shakespeare es un fuego devorador, es Roma en llamas.

Cornell Woolrich es de esos autores imprescindibles por ser menores, piezas escondidas del edificio de nuestras lecturas. Ausente de las listas de «Libros que te llevarías a una isla desierta», sin embargo, ha amenizado tantas tardes de playa, tantas noches de invierno. Sería un autor de ventanas traseras de un bloque de pisos que dan a un patio, como en su cuento It has to be murder, célebre por la adaptación cinematográfica de Hitchcock como Rear Window (La ventana indiscreta). Dice Francis Nevins Jr., y Wikipedia lo repite, que Woolrich  es «el cuarto mejor escritor de crímenes de su época tras Dashiell Hammett, Erle Stanley Gardner y Raymond Chandler». Pero, curiosamente, muchos lectores de este medio puede ser que lo descubran ahora. ¿Por qué sucede esto con algunos autores?

Eso, ¿por qué?

Me atrevo a aventurar, al menos, tres razones:

La primera, que las películas basadas en sus relatos han sido muy populares, especialmente la de Hitchcock, y eso eclipsa al libro. Es conocido el dicho de que de novelas mediocres se hacen grandes películas. Es injusto, porque Lo que el viento se llevó es una excelente novela de Margaret Mitchell, aunque es incomparable con la grandiosidad de su versión fílmica, desde luego. En este caso, el éxito de la peli ha tirado de la novela y, así, era común encontrarla en el catálogo de libros en ediciones feotas que nuestros padres tenían en casa, junto a los de Círculo de Lectores. Sucede igual con El Padrino de Mario Puzo. No así con Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, o con El Señor de los Anillos de Tolkien, por muy buenas que sean, que lo son, sus versiones en la gran pantalla. En el caso de Woolrich, al cabo de los años, sucede que es el autor al que citamos en una conversación, si el interlocutor no lo conoce, como «el autor del cuento en que se basa La ventana indiscreta». ¿Demérito suyo? No lo creo, pues el cuento es formidable, preciso, ameno, eficaz. Mérito de Hitchcock, pues.

La segunda razón tiene que ver con el género. Hay géneros más prestigiosos que otros, es evidente. Si vamos al cine a ver una película noruega en V.O. (como la reciente La peor persona del mundo, que les recomiendo), nuestros amigos pensarán que somos intelectuales, gente profunda (y aburrida), o al menos con afán de ir más allá del universo Marvel y la diversión palomitera. Si vamos a ver la última de la saga de Scream –salvo que seamos muy conscientes de estar disfrutando de un producto nostálgico noventero, en su versión autoparódica– nos dará un poco de apuro confesarlo a las visitas, incluso si la hemos visto en V.O. Por tanto, leer novelitas de misterio, suspense o crímenes siempre resulta menos aparente que ir con un grueso tomo de los diarios de Trapiello, o Guerra y paz, debajo del brazo, por mucho que Tolstoi tenga algo de guionista de telenovelas, y Trapiello de prensa rosa de la literatura. Además, el tamaño importa, amigos. Un cuento es siempre menos que una novela, y un novelón mucho más que una novela corta. Al menos, desde cierta perspectiva superficial, que es de la que hablamos ahora. Muchos poetas no se sienten escritores hasta que perpetran su primera (y esperamos que última) novela.

Y, en tercer lugar, por un motivo más sutil y psicológico. Tenemos una tendencia a avergonzarnos de haber sentido placer. No sé si por una deformación judeocristiana, o por un mecanismo inherente a la humanidad en sí misma, o por la represión progre que ve en el gozo algo sospechoso y burgués. Pero sucede. Nadie quiere que lo oigan gemir de gusto, ni por causa de Venus, ni cuando ponemos los ojos en blanco al amorrarnos al bote de leche condensada cuando nadie mira. Pareciera que los valores más altos de nuestra Humanidad no pudieran darse en compañía del placer. Cuántas veces hemos escuchado: «uyy, una peli malísima, me he hartado de reir». Y sucede esto con los cuentos de suspense y misterio. Parecen un producto consumible para un rato suelto, como un paquete de pipas. Pero la prueba del ocho es la relectura. Woolrich, aunque te sepas el final de la trama, apetece releerlo porque va más allá del suspense. Porque tiene algo que lo hace amable. Y siempre ese algo es lo más difícil de definir.

Decadencia y ventanas

Ya sea como Cornell Woolrich, o con sus pseudónimos William Irish o George Hopley, este autor doctorado en periodismo vivió la misma experiencia que Julio Iglesias. Nuestro más prolífico latin-lover debe su meteórica carrera a una lesión cuando era futbolista en el Real Madrid, que lo obligó a reposar y orientó su vida hacia la canción melódica. Con poca voz, se hizo de oro. A Woolrich le ocurrió algo parecido: por una enfermedad en el pie tuvo que guardar reposo, lo que le llevó a escribir. Ganó un premio, viajó por Europa. Su matrimonio se truncó de manera abrupta, al descubrir la joven esposa que él prefería la compañía masculina, y pasó la depresión (no solo la suya, la de los E.E.U.U. tras el crash del 29) ganándose la vida con novelitas pulp. Esto del pulp se puso de moda en los noventa por la peli de Tarantino, Pulp Fiction, homenaje al género de novela barata, impresa en papel reciclado (de pulpa) con sus crímenes sórdidos, sus amores ídem, sus ceniceros llenos y botellas de whisky vacías en moteles inframundanos. Podría decirse que la obra de Woolrich decae en esta época, por exigencia de la necesidad y, sin embargo, la película basada en un relato suyo más conocida, después de La ventana indiscreta, pertenece a este período: Deadline at Dawn (Muerte al amanecer), dirigida por Harold Clurman. Porque un artista puede hacer trabajos mercenarios, pero sigue siendo quien es.

Es significativo (o no, pero los humanos vemos significado por doquier) que la obra más conocida de Woolrich, la que inmortalizaron James Stewart y Grace Kelly, fuera escrita en la época final de su vida, alcoholizado e inmóvil en una silla de ruedas. Qué tendrá la desgracia, que ha producido semejantes obras que perduran en el tiempo. Supongo que es un misterio que supera a este humilde comentarista, pero que no puedo dejar de mencionar aquí. Woolrich nos ha dado mucha satisfacciones, así que es justo acordarse de él con admiración. Y elevar una oración por su alma, aquel que crea en la Misericordia.

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