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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

¿Qué aprendí de mi padre?

La biografía de don Álvaro d’Ors me ha impresionado vivamente, quiero decir, en mi vida. Hasta rezo distinto y me he apuntado (es tradición, no plagio) a esta jaculatoria: «¡Madre mía y san José,/ quiero ser bueno y no sé!), que se coge de la mano de la Sagrada Familia para recoger el guante de aquella bulería —tan honda que parece soleá— de José Mateos:

 

Hasta para hacer el bien

es necesario el talento,

porque hay que saberlo hacer.

 

que creo que está en Canciones.

 

Otra cosa que me impresionó mucho fue el breve párrafo (¡una glosa!) en que recoge lo que él aprendió de su padre, el gran Eugenio d’Ors:

 

De él aprendí cosas importantes, como el gusto por madrugar y el odio al ocio y a la vulgaridad, el desprecio por los nacionalismos y por el papanatismo de los intelectuales de izquierda, la poderosa intelligentsia de mi juventud; también aprendí el amor a Roma y la Gramática, y la exigencia de una íntima confluencia intelectual de coordinar la parte con el todo, la anécdota con la categoría, lo que bien puede llamarse, como él mismo hacía, la syntaxis [Papeles del oficio universitario. P. 390]

 

Me subyugó esa mentalidad de jurista de enumerar lo concreto. Y quise (ahora es emulación, no plagio) intentarlo con el mío. Os propongo (disculpadme, es que soy profesor) el ejercicio. Una advertencia: hay que poner las cosas que, en efecto, se aprendieron, no las muchas que intentó enseñarnos, pero desatendimos, como, en mi caso, a lanzar una caña de pesca o el mismo «gusto de madrugar», que tuve que quitarlo en cuanto que caí en la cuenta. Las mías, quiero decir, las suyas, esto es, las suyas que ahora son mías, son éstas:

 

De mi padre aprendí cosas importantes, como el amor por sus padres, a la patria y a nuestro pueblo, con su río, su mar, sus viñas y sus personajes. También el desprecio al ocio, la pasión por la vocación propia hasta rozar la obsesión solitaria; a descreer del misticismo del culto a la juventud y de la ascética de la moda; la devoción por el deber y que la costumbre sea la fuente primordial de nuestro Derecho. Aprendí a contrastar toda teoría con la práctica, y cualquier discurso, por adornado que sea, con el sentido común. A tirar con balines, con escopeta y con rifle, y a ser prácticamente invencible al futbolín. A sonreír cuando mis hijos se ríen un poco de mí. Aprendí a valorar a los demás por su actitud ante el trabajo. A hacer favores, y a recibirlos. Y a poner a la familia por delante de todo, menos del matrimonio y de Dios.

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